
Después de un verano de visitas y de ausencias, empiezan a hacerse más cortos los días y más grandes las ganas de que las noches sean más largas. Después de mucho tiempo sin contaros ninguna tontería, ayer me apeteció compartir esto. Allá voy.
Hace ya tiempo mantenía yo una animada conversación con un buen amigo sobre la existencia de la memoria olfativa. Aquello quedó allí, pero mentiría si dijese que el tema no ha vuelto en alguna otra noche de charla al abrigo de una barra.
Sin ir más tarde, anoche, ahora que el mar ya hay días que se viste de otoño y el soniquete del Dúo dinámico plenea sobre nosotros, volvimos a hablar de olores.
Para ser más preciso, he de decir que yo hablé de un olor en concreto. Voy a intentar describirlo, y aunque no sea fácil, confío en que sabréis de qué hablo.
Tras el verano, cuando estábamos en el colegio, llegaba un día en que de nuevo había que levantarse temprano, vestirse para la ocasión y bajar la escalera hasta la calle mientras que pensábamos, siempre con ese pellizquito en el estómago, qué nos íbamos a encontrar.
La humedad de la mañana, el fresquito de la hora, esa extraña sensación en el estómago, la familiaridad anual del momento, los nervios del estreno, que no el miedo; tenían un olor común. Muy parecido al olor de una mañana antes de un examen final, un partido importante, el acompañar a alguien muy temprano tras una noche compartida.
Este año algo es diferente. Ya hubo cierto cambio cuando el primer día no era yo el que escuchaba sino el que hablaba. Pero tampoco fue para tanto. Desde hace unos días tengo la curiosidad por saber a qué olerá el viernes. Creo que debe oler muy parecido, pero tal vez haya alguna diferencia.
Siempre he prestado mucha atención a los olores. Así son más ricos los recuerdos. Mierda, esto se está convirtiendo en un anuncio de compresas.
Ya os contaré a que me huele el 1 de septiembre.